
Un artículo publicado por el Sr. Alfredo Bullard sobre la “intelectualidad anticapitalista” en el diario El Comercio, empieza criticando a los críticos de cine, los que condenarían películas por ser “comerciales” y, en consecuencia, no tendrían “calidad artística”. En cambio, filmes que para el público masivo son “bodrios”, esos mismos críticos los elevan “a los altares de la cinematografía universal”. Y su conclusión es que calificar a una película como “comercial” es una “frase anticapitalista”.
En realidad, Bullard recurre a un lugar común para sacar una conclusión totalmente jalada de los pelos; y lo hace por un desconocimiento total del rol de la crítica, los intelectuales y artistas en cualquier sociedad. Empezando porque los críticos de cine comentan las películas a partir de sus valores cinematográficos intrínsecos, y no porque sean o no comerciales (léase, taquilleras). Por tanto, en muchos casos coincidimos en alabar cintas completamente comerciales (en lo personal, prefiero llamarlas “convencionales”) que están muy bien hechas; en otros casos, excepcionales, alabamos obras innovadoras y/o provocadoras en términos artísticos, las que en muchos casos no son aceptadas inicialmente por un público masivo. Sin embargo, esos filmes “experimentales” -cuando son buenos- terminan marcando tendencias e influenciando de diversas formas a la producción industrial de obras comerciales, exitosas o no. Esto es parte sustancial del proceso de la historia del arte.
Por tanto, hay buenas y malas películas comerciales, así como buenas y malas películas de pretensiones vanguardistas. Las que son buenas comercialmente, sostienen al resto de la producción industrial, mientras que las que son innovadoras en términos del lenguaje audiovisual, renuevan y enriquecen al conjunto del arte cinematográfico (independientemente de que sean comerciales o no, ya que también hay obras innovadoras y taquilleras a la vez: 2001 Odisea del Espacio fue una cinta taquillera que nadie nunca “entendió” del todo, ni entonces ni incluso ahora).
Para llegar a estas conclusiones los críticos nos fijamos en asuntos tales como los componentes del lenguaje audiovisual (encuadre, angulaciones, fotografía, iluminación, música, ruidos, silencio, montaje, escenografía, dirección artística, etc., y de sus variables e infinitas combinaciones), en su dramaturgia (guión), en la calidad de la actuación, en las relaciones con la tradición cinematográfica y referencias que pudieran existir con el mundo (social, cultural o personal), así como otros asuntos que una película específica proponga. En suma, en su puesta en escena.
Cada película es un mundo y la analizamos según los patrones arriba mencionados, destacando lo que encontremos en cada caso para dar una opinión; pero también -en lo personal- esforzándonos para que el propio espectador desarrolle su propio sentido crítico. Los cinéfilos revisarán las opiniones de distintos críticos y obtendrán una visión más completa de una obra determinada que les haya interesado. Como vemos, nuestra labor va mucho más allá de fijarnos si la película en cuestión es comercial o “anticapitalista”. Ello porque nuestro objeto de análisis -las películas- son productos artísticos que van (mucho) más allá de los lugares comunes y los estrechos clichés ideológicos que nos obsequia el Sr. Bullard.
Su desconocimiento de la labor de la crítica se origina en un desconocimiento aún mayor: el del rol del intelectual y del artista en cualquier sociedad, y en cómo se mide su éxito. La función de los intelectuales, en la mayoría de casos, es la de ser críticos de los problemas sociales y humanos que aquejan a sus sociedades e incluso al mundo en la época en la cual viven. Y ese es una de los factores de su legado y su vigencia; el otro son sus aportes al desarrollo o innovación de sus disciplinas artísticas específicas, las que son estudiadas por la academia.
Vargas Llosa dice en su ensayo sobre Arguedas que la función de la literatura es mostrar y no demostrar (La utopía arcaica, México: FCE, 1996; p. 23), y la riqueza y variedad artística y humana de tal mostración es la medida de su éxito. Esto no tiene nada que ver con que si sus obras son optimistas o pesimistas, capitalistas o anticapitalistas, pues el arte excede de lejos estos criterios; o, en todo caso, los incluye dentro de una totalidad mayor. Según Daniel Barenboim, las obras de arte recrean el mundo y algunas, el universo.
El Sr. Bullard dice que su artículo está inspirado en “la reciente discusión pública de si Vallejo o Ribeyro son un lastre a la cultura del éxito“. Donde Vallejo y Ribeyro serían los intelectuales opositores la “cultura del éxito” (léase, el capitalismo). Nuestro autor parece no percatarse que tanto Ribeyro como Vallejo fueron y son exitosos. En el caso de este último ¿qué puede ser más exitoso que pongan su rostro en los billetes de la moneda de su país? ¿Qué puede ser más exitoso que Google, uno de los más rentables y exitosos negocios en Internet, ponga la imagen del poeta peruano en su portada, celebrando su aniversario? No hay, pues, tal relación entre ser un intelectual “anticapitalista” y ser opuesto al éxito. Al contrario, el anticapitalismo (según la interpretación de Bullard) parece ser bastante exitoso. Al punto que él mismo lo reconoce cuando, citando a Nozick, afirma que “A los intelectuales no les va mal económicamente. Sus ingresos,. están muy por encima del promedio de la población”. Son, por tanto, modelos de éxito profesional.
Lo que seguramente perturba un poco al comentarista es que se pueda tener éxito vendiendo el “pesimismo” de autores cuyos personajes son “perdedores”. La crítica sería a esos enfoques en el contenido de obras específicas de ambos escritores. Un caso paradigmático podría ser también Mario Vargas Llosa, cuyas obras principales rebosan de personajes trágicamente perdedores, marginales y cuya última novela, por ejemplo, actualiza el tema del colonialismo y la esclavitud, asuntos definitivamente pesimistas (o sea, “anticapitalistas”). Y a ese. ¡le dan el premio Nobel de Literatura!
Naturalmente, estas son lecturas restringidas y limitadas de todos estos autores, reduccionismo que tiene como base la ideología. El solo hecho de que problemáticas personales, sociales o históricas -como las cuestionadas- sean recreadas mediante el uso de técnicas artísticas, constituye un llamado de atención emocional, reflexivo y hasta intuitivo sobre su existencia; y, además, un llamado a resolverlas. Esto no es una promoción del pesimismo. Si estas realidades no existieran y fueran obra de la pura imaginación de algún deprimido genio en su torre de marfil, ciertamente no tendrían el impacto que tienen o que se les atribuye (negativamente) por parte de nuestros nuevos ideólogos del optimismo y el éxito. Y el tema de la “recreación” también es clave, ya que explica las complejas motivaciones, muchas veces contradictorias y equívocas, que guían el comportamiento humano. En ese sentido, la mostración comprehensiva y totalizadora de la compleja experiencia humana, está en las antípodas de la ideología, muchas veces simplificadora y limitada; por eso parece a estos ideólogos un “pesimismo” que debe extirparse.
Recordemos, por otro lado, que quienes más han exigido “optimismo” a la intelectualidad han sido los regímenes dictatoriales que tanto detesta el club liberal: los comunistas. La colectivización forzosa estalinista, el “gran salto hacia adelante” y revolución cultural maoístas, fueron celebrados manu militari por escritores, compositores y cineastas súper optimistas. Los que buscaron encubrir auténticos genocidios que llevaron a la muerte a millones de personas y animales. Los intelectuales nazis no se quedaron atrás en su “optimista” celebración del holocausto. Ambos exigían a sus artistas obras “sencillas”, que el pueblo “pudiera entender”, como -según el Sr. Bullard- lo hacen las películas “comerciales”, que ilustran “la cultura del éxito” propia del capitalismo. En ambos casos, estos sanos consejos estaban guiados por esos lugares comunes e ideas sencillas y claras, propias de ideologías que se pretenden universales y únicas; pero políticamente autoritarias.
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